El síndrome del nido vacío

Cuando los hijos crecen las madres sufren crisis bastante diferentes a la actitud asumida por los padres que suelen estar más tranquilos ante estos cambios.
Una crisis es una situación de ruptura con un equilibrio anterior.

En la etapa en la que los hijos se independizan, los padres están en la crisis de la mediana edad que, por una razón social, afecta más a las mujeres que a los hombres.

El síndrome del nido vacío

Llega el momento de independizarse

Hijos que crecen, tienen nuevas amistades, trabajan, se van a vivir solos o tienen una pareja con la que comparten la mayor parte del tiempo y sus proyectos, encuentran padres entre los 40 y 55 años y como dice Bernice Neugarten de la Universidad de Chicago: están en un período muy sensible en cuanto al lugar que se ocupa en el medio social, la familia, el trabajo, etcétera.

Las preguntas sobre quiénes somos, qué hemos hecho y qué haremos son muy duras y la respuesta depende de la idea que cada uno tenga de sí mismo y de la vida que haya hecho.

No siempre la respuesta es agradable y las parejas que no han estado unidas por vínculos afectivos sanos y no han tenido buena comunicación sienten un vacío muy difícil de llenar ya que no tienen mucho en común ni muchas cosas propias.

Algunos divorcios se deciden en estos momentos, la separación no excluye que ambos colaboren para que a los hijos se les haga menos difícil el camino de independizarse de los lazos infantiles de dependencia.

Un golpe para las madres

Las mujeres suelen sufrir más porque la partida de los hijos que han sido centro de atención deja a muchas de ellas con el sentimiento de que “no sirven” para nada y para nadie, a menudo presentan cuadros de angustia, irritación, depresión y otros trastornos provocados por el crecimiento y alejamiento del hogar de sus hijos hacia quienes dirigen reproches por el supuesto rechazo, falta de diálogo o ausencias.

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En esta etapa de la vida el mundo estructurado alrededor de la maternidad comienza a cambiar y las mujeres manifiestan cansancio, desgano o la apariencia de una vida sin sentido.

También hay síntomas físicos: problemas gastrointestinales, obesidad, palpitaciones, mareos, etcétera.

Lo más preocupante es la dificultad para reconocer lo que sienten y manifestarlo en palabras. Esto se agrava en mujeres sin vida fuera del hogar y con escaso manejo del dinero ya sea por carecer de él o porque lo maneja el esposo.

Una mujer que se siente devaluada socialmente sentirá que cuando sus hijos crecen y hacen su vida, la de ella ya carece de sentido.

Temas para reflexionar

Es fundamental tener en cuenta algunos aspectos para pensar cuando esta situación se presenta:

  • La diferencia de la vida en el ámbito doméstico y en el mundo fuera del hogar.
  • Análisis de los deseos postergados de ambos padres.
  • Descubrimiento de las capacidades, intereses y necesidades de cada miembro de la familia.
  • Revalorización de cada uno.
  • Reestructurar la propia vida sin el rol de ser madres.
  • Ver al hijo como un otro y no como algo propio.
  • Buscar espacios para la pareja.
  • El punto de vista de los padres

Generalmente el padre está más alejado de sus hijos ya que el rol tradicional de cuidadoras lo tienen las madres y es frecuente ver que se ocupan de ejercerlo sin compartir estos espacios.

El varón se adecua a esta situación porque es un modelo que aprendió como normal y por comodidad, pero esto lo aleja de sus hijos y de la parte afectiva y emotiva dejando lugar a compartir sólo deportes o alguna charla ocasional.

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Cuando los hijos se van la mujer sufre más porque percibe que su pareja no sólo está lejos de sus hijos sino que en algunos casos también de ella que dio más tiempo a los hijos que al esposo.

Y el nido queda vacío

Las madres que se han dedicado exclusivamente a sus hijos sufren el desprendimiento cuando estos inician su vida adolescente y adulta con nuevos afectos y proyectos propios de los que ellas carecen. Estas mujeres sienten que necesitan la aprobación de los demás para sentirse competentes y útiles, no pueden analizar lo que les sucede y se desesperan.

No están acostumbradas a tomar decisiones o a proponerse metas y entonces se sienten perdidas cuando sienten que sus hijos no las necesitan con la intensidad de antes.

Esta es la etapa en la que es imprescindible volver a encontrarnos con nosotros mismos, con nuestros deseos, con nuestra pareja y no dañar a los hijos con la culpa de vernos tristes por su crecimiento sino felices y acompañándolos.

Algunos hombres no acceden fácilmente a este acompañamiento en la crianza de los hijos ni en esta etapa de independencia pero a medida que se les abre las puertas lo van disfrutando y esto se comienza a ver en las parejas jóvenes que comparten los ámbitos de poder: ambos comparten trabajo, hogar, dinero e hijos.

En el futuro se verá si esta forma de vida crea menos angustia cuando los hijos crezcan y si se puede disfrutar esta etapa como tantas otras de la vida familiar: Junto a los hijos.


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